El mango

En los tenderes que había en los mercados de Oriente, entre ‘saris’, especias y vacas sagradas, lucen imponentes pilas de mangos, un fruto de color colorado anaranjado con mucho perfume. Los visitantes y los locales los compran por un precio accesible y se deleitan con su pulpa naturalmente azucarada.
El mango crece en una planta que suele alcanzar los 30 metros de altura y baja su impenetrable sombra que genera no puede crecer ninguna otra planta. Para compensar, con el paso del tiempo han nacido de este riquísimo fruto las más diversas leyendas hindúes.
El bosquecillo de los mangos es, por ejemplo, es uno de los sitios santos donde el gran Buda se aparece a los hombres tomando su forma. El cultivo de la planta de mango se remonta a tiempos muy lejanos. Cuentos populares hablan de Akbar, gran emperador de Mongolia que dominó hace tiempo la India Septentrional, plantando en ese lugar miles de mangos.
En Asia Meridional el mango cuenta con una difusión y distribución comparable a la de la manzana y de la naranja en los países de Occidente. Si bien es un árbol que puede convertirse en un espléndido adorno para los jardines, también es uno de los más fáciles de cultivar, a pesar de eso no se ha conseguido hacerlo en forma masiva en Europa.
Su cultivo, incluso en países más meridionales ha constituido un desastre, y, por otra parte, dada la fragilidad del fruto no ha podido resolverse aun el problema del transporte. Quien tenga ganas de saborear los mangos deberá hacer un pequeño viaje hasta los bosques floridos o ver si la frutería cercana a tu casa los puede conseguir.
La flor del mango es poco vistosa, pero cuenta con un aroma muy rico y fuerte. Este aroma pasa, en parte, a la dulcísima pulpa que envuelve el gran carozo de la fruta.
Además de la flor de loto, en Oriente el mango es considerado sagrado. Ambos aparecen en los frescos, los murales y en las ceremonias religiosas, en especial en las que rinde culto al dios Siva. En regiones como la India se celebra en honor del mango suntuosas fiestas nupciales, en las que la planta ‘se casa’ con el tamarindo.
Según esta tradición, la fiesta debería brindarle fortuna al propietario. Pero lamentablemente para celebrarla las familias gastan muchísimo dinero y en ves de fortuna a veces esto ocasiona caer en la miseria.
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